Quico, te saqué la foto

Getty Images
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Hace un tiempo partí rumbo a cumplir un sueño infantil. Las idea era darle un regalo a mi hermano chico y a mi hija. Ese regalo era ver en vivo, nada más y nada menos que al personaje que más me hizo y hace reír de la vecindad de El chavo del ocho: Quico, quien vino a Chile a dar un show de despedida de su personaje.

Un día antes del show vi una entrevista donde decían que Quico se quedaba post función, fotografiándose y conversando con el público. ¿Qué mejor? Partí entonces a Chuchunco City, los pasajes a Puente Alto y a ver, con cámara en mano, al “Cachetes de marrana flaca”.

Cuando llegué, lo primero que me llamó la atención fue lo poco organizado y descuidado que estaba el sector de estacionamientos del recinto, siguiéndolos la boletería y accesos a la carpa. Compré entradas a galería, lo que me tenía tranquila, pues post show tendría la oportunidad de estar cerca de él.

Comenzó el show: malabaristas, trapecistas, gente que se colgaba y volaba, payasos, palomas amaestradas, payasos, malabaristas, payasos, chiquillas con el pompis al aire, y todo parecía no terminar nunca. Posiblemente también porque a los 5 minutos de comenzado el espectáculo escuché una conversación que me dejó con dolor de guata: según una mujer, para sacarse una foto con Quico había que pagar la suma de $10 mil.

En este punto me quiero detener, porque apenas lo supe me pareció de tan mal gusto… ¿cómo puedes cobrar por sacarte fotos con tus admiradores? Con la gente a quien debes tu carrera, los que te dieron de comer durante 37 años, como el mismo decía en su discurso “emotivo “ del final del show.

Amigos, ni una luca. Eso no se hace. No puedes ser tan comerciante. Y no puedes pararte en el escenario con un libreto que habla de calidad humana. Quedé tan shockeada que quise pensar que no era cierto. Y después de más de una hora y media de show “de relleno”, se produjo un intermedio, donde se anunciaba por parlantes que estaba absolutamente prohibido grabar o sacar fotos del show. Ahí estaba entonces todo el arreglo de las fotos pagadas. Shit! Era cierto.

Desgraciadamente, esto me predispuso y no vi el show con la misma emoción con la que llegué hora y media antes. El momento llegó, y divisé que entre el público habían varios con las cámaras listas para hacer click, y apenas apareció “Federico”, unos 7 personajes de seguridad del circo, comenzaron a pasearse, alumbrando a la cara con linternas, tratado de evitar de muy mala manera que se sacaran fotografías y se hicieran grabaciones.

Se generó entonces un ambiente hostil y distractivo. Uno no sabía qué mirar: o a Quico, que estaba a escasos metros de nosotros, o a la gente que los hombres de seguridad interceptaban con el objetivo de evitar que usaran sus cámaras, con un trato absolutamente increíble, tratándose de un show de niños, y de un personaje tan emblemático.

Con respecto al aspecto del actor, no tengo nada que decir. El tipo se conserva muy bien. La verdad es que iba preparada para ver a un Quico avejentado, más demacrado, poco ágil. Pero vi al mismo de la TV, expresivo, cachetón, gritón, ridículo, torpe, inquieto y extremadamente bobo, pero con el pelo gris.

27 minutos fueron exactamente los que estuvo sobre el escenario. Que evidentemente se hicieron muy poco. Su rutina no era algo novedoso ni mucho menos un repaso fugaz de sus gestos y dichos más reconocibles, evidentemente alabados por la audiencia poligeneracional. Desgraciadamente los textos fueron malamente compartidos con el presentador del circo y no con un actor, que hubiese sido un mejor aporte en el bandejeo de los remates chistosos de Quico.

Al final me importó un carajo, saqué la cámara y enfocando al escenario apreté unas 4 veces el obturador, logrando sólo una foto nítida. Con ese sólo acto se acercó uno de los prepotentes guardias, quien me dijo que a la salida me quitarían la cámara. Cosa que no sucedió, por cierto. El show estuvo lleno de incidentes de este tipo, la gente discutiendo y pidiendo la oportunidad de sacar solo una foto al escenario para guardarla de recuerdo.

Contra mi forma de pensar, desgraciadamente muchos prendieron con el tema de las fotos pagadas, y mentiría si digo que no la pensé. Andaba con mi mamá, así que podríamos haber desembolsado 5 lucas cada una y haber tenido para mostrarles una foto con mi ídolo de la vecindad. Pero el solo hecho de pensarlo me revolvía el estómago: me parecía sucio y me daba vergüenza ajena la gente que accedió, sin nombrar al propio personaje, que desde el día de hoy, prefiero seguir recordando como lo he visto siempre: tras la pantalla de la TV. Y con 37 años menos, y sin el sucio y vil dinero intermediando unas fotos con él… que con el debido respeto, me parece que se las puede meter por la raja.

Foto de: Johanna Watson

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