Pedro Lemebel: Más vivo que todos los muertos.

Foto de: El Desconcierto
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Lo vi varias veces, unas 6 ó 7, caminando por Barrio Bellas Artes, Barrio Yungay, Barrio Brasil,  por el Mercado Central y Tirso de Molina. De todas las veces que lo vi, sólo en una oportunidad le hablé. De hecho ni siquiera fui yo,  fue una amiga,  quien había sido su vecina durante varios años.

Fue en enero pasado, caminábamos con Marcela de vuelta del Mercado Tirso de Molina, con la guata llena de pescado frito y ensalá a la chilena. Casi al llegar a la esquina de la cuadra apareció él, con su pañuelo en la cabeza, uno de esos que comenzó a usar desde que tuvo cáncer y que lo hacían ver intencionalmente como señora de barrio ochentero.

Le dije a mi amiga, “Mira, ahí está Pedro Lemebel, que ganas de sacarme una foto con él”. Yo se la pido, me dijo,  así que se acercó, lo saludó y le pidió que se sacara una foto conmigo.  Yo me quedé distante al principio, nisiquiera me acerqué, me sentía tímida, con pocas palabras que se asomaran de mi boca. No sabía qué decir ante tal eminencia de la crónica y del lenguaje popular.

Su actitud fue insospechadamente acogedora, simpática, sencilla. Me preguntó si había visto peras y melones en el mercado, preguntó si estaban muy caros, si había mucha gente,  que le encantaban las peras de agua, una de mis frutas preferidas. Fue tal su actitud sociable que pareció que quizás estaba muy solo, y que sólo quería batir la lengua un rato y hablar de cualquier weá, de weás del verano, de peras y melones.

Ya con un poco más de lo que se puede llamar “confianza”, me animé a piropear uno de sus textos, recordé a vuelo de pájaro uno que habla de mujeres tejedoras de chombas en otoño, (Presagio dorado para un Santiago otoñal).  Me escuchó atento, me miró con esos ojos suspicaces que tenía. Entre medio de la conversa, puso confianzudamente su brazo sobre mis hombros, como si me conociera de siempre,  y nos sacamos la única foto de ese veraniego encuentro.

No lo sé con certeza, pero mi memoria me dice que a Pedro lo leí por primera vez en los noventa, estando en el colegio, cuando aparecía su crónica de media página al final del periódico The Clinic, cuando éste costaba $150 y era toda una revolución amenazante  respecto a los otros medios de comunicación que existían.

Me encantaba leer sus crónicas, de hecho compraba el Clinic por 3 razones: Las crónicas de Lemebel y las secciones “La Carne” y “La Vida de Romualdo Araya”.

Así me pasé la adolescencia y la primera juventud veinteañera, leyendo su mágica forma de describir asuntos que para la vista de cualquier mortal eran pan de cada día,  pan de cada tarde  y pan de cada lujuriosa noche que sin duda vivió.

Después del día de la foto volví a verlo 2 veces, hace muy poco de hecho.  La penútima hace unos 2 meses en Barrio Bellas Artes, a punto de cruzar la calle.  La última, en alguna calle de Barrio Yungay, cuando iba junto a mi hija y una amiga camino a la fiesta de la primavera. En ambas ocasiones iba solo, también el día de la foto y  las otras veces que lo vi.

Aunque todos lo sabíamos, incluyéndolo a él, su muerte golpea.  Hoy pegué un salto de impacto a penas leí el titular de su partida. “Conchatumadre, murió Lemebel”  fue honestamente lo que dije. Lo único que sé, es que, aunque suene cliché, deja el tremendo legado… además de la tremenda patá en la raja a todos los escritores pomposos que confunden al lector con palabras rebuscadas para demostrar que mucho es lo que saben y que demasiado es lo que han vivido.

Hoy Pedro Lemebel se ha ido, pero vivió como quiso, disfrutó de lo bueno, de lo malo, de lo maravilloso y de lo feo. Vivió con todo, respiró cada escencia de cada situación que lo cautivó y que luego plasmó con su vertiginosa pluma. Pedro Lemebel se ha ido, pero vivió para ser recordado como el más vivo entre todos los muertos.

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