Palito Ortega: “Con Charly tenemos un pacto de afecto para toda la vida”

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El actor y baladista argentino repasa su vínculo con Charly y la interna de su rehabilitación en Luján, donde tuvo al rockero en su casa mientras se recuperaba de sus adicciones. Ahora ambos se consideran hermanos.

Palito Ortega (78) es figura emblemática del Club del Clan, versión argentina del movimiento mundial de la Nueva Ola. El vínculo entre él y Charly García se remonta a fines de la década del 70 y no en los mejores términos: Charly hizo comentarios sobre una película donde Palito actuaba, y el cantante no demoró en demandar, pero tiempo después se retractó. Años más tarde, el autor declara abiertamente su admiración por el rockero, pero no fue hasta el 2005 que se volvieron a encontrar, oportunidad que Charly aprovechó para pedirle que no pelearan más. Ese episodio fue el comienzo de la buena relación entre ambos, y que continuó con Charly grabando su disco Kill Gil en el estudio de su nuevo amigo: “Yo hablé mal de él porque en una época era el enemigo. Pero siempre fui su fan”. Declaró Charly por esos días. La amistad entre ellos avanza y Palito graba “Corazón de hormigón” —compuesta por García a los nueve años.

Pero al lazo le faltaba la prueba más importante: Charly estaba en crisis producto de su adicción a las drogas y fue Palito, su amigo y colega de la música, quien le ofrece una alternativa de tratamiento que le salvaría la vida: se lo lleva a vivir a su casa en Luján. “Si Palito no aparecía, yo la estaría pasando muy mal, me estaría cortando las venas” dijo Charly en una entrevista. “Fue un salvador. Me sacó del infierno en un momento, se lo voy a agradecer toda la vida” declaraba en un homenaje a Palito Ortega en mayo del 2018.

En el documental Bios de NatGeo (2018) Charly dice “Él me salvó”. Palito replica: “Yo le agradezco que diga eso, pero nadie salva a nadie que no quiera salvarse”.

-Hablemos de tu vínculo con Charly, son generaciones y estilos diferentes, ¿cómo se cruzan estos mundos y cómo terminan siendo amigos?

-Charly tiene una gran inteligencia y un gran talento como músico. Yo miraba esto y aún no hablábamos mucho, nos cruzábamos por ahí pero nos mirábamos solamente. Luego él entra en una situación dramática, hace crisis su salud y yo tengo una casa a sesenta kilómetros en la ciudad de Luján, me hice un estudio de grabación con la última tecnología. Cuando Charly hace la crisis más profunda, yo voy al sanatorio a verlo y le digo “Charly cuando estés en condiciones te ofrezco que te vengas conmigo”.

-¿Ustedes eran amigos?

-Éramos amigos pero no de frecuentarnos ni de compartir muchas cosas, por ahí uno compartía un encuentro en una provincia, él tocaba en un lugar y yo en otro.

-¿Cómo se te ocurrió tomar la iniciativa?

-Me pareció que había llegado a un punto donde era muy difícil entrar en un proceso de recuperación —si no era en un ambiente que lo favoreciera—. De ninguna manera se recuperaba en un hospital, en una clínica o en una “granja” como les dicen ahora a estos lugares al aire libre donde se recupera gente con adicciones.

-¿Cómo fue posible que pudieras llevártelo?

-Le ofrecí a Charly que viniera y le dije “ahí tienes un estudio de grabación a tu disposición”. El caso de él era difícil porque estaba judicializado, entonces había que pedirle permiso a un juez, a quien le explico mis intenciones. Luego de eso manda gente a Luján a ver la casa y el estudio. Volvieron y me dijeron “está todo en condiciones, las medidas de seguridad están dadas”. Así fue como el juez autorizó a Charly a continuar con su recuperación en este domicilio, con asistencia las veinticuatro horas.

-¿Cómo fue el día que Charly llegó a tu casa?

-Cuando llegó se quedó en silencio solo en el estudio y empezó a tocar el piano. Yo sabía que era un gran músico, pero nunca había escuchado tanta música clásica y tan bien interpretada. Yo estaba en compañía de algún médico y había un ingeniero de sonido que había puesto a su disposición, tocó una hora y media de música clásica, no paraba. Después se levantó y fuimos a la casa, le dije “bueno acá tenés tu casa, ahí tenés tu dormitorio y tu privacidad”.

-¿Qué te decía Charly?

-Nada en realidad, él empezó a entrar en otro terreno. Se sosegó todo, se empezó a calmar porque había un gran silencio, ese es un lugar que está en el campo. A la mañana lo único que se escucha son los animales que andan por ahí, los pájaros, su despertar empezó a ser otro. Si me decía “quiero ir al estudio” a las dos o tres de la mañana, íbamos. Se sentaba en el piano y yo entraba al estudio, le prendía todo y empezaba a tocar. Si quería grabar, grababa. Yo creo que su gran terapia en realidad fue la música, el ambiente, el clima. Él encontró ahí todos los teclados que habían aparecido en el mundo entero con sonidos diferentes: sonidos de cuerdas, sonidos de viento, sonidos de coros, estaba entregado totalmente a su pasión, que fue siempre la música, y que ha sido su vida.

-¿Recibía visitas estando ahí?

-Claro, los amigos músicos de Charly, ya sea León (Gieco), Nito Mestre y todos los músicos que tocaron con él. Se metían al estudio y tocaban. Pedro Aznar, el bajo que lo acompañó siempre, sus guitarristas, entonces, él estaba en el mundo que más ama, el mundo de la música, del sonido. Tengo recuerdos de armar una parrillada, comprar carne y hacer asados. Los primeros meses fueron esos, de una gran paz. Mi familia colaboró, mi esposa Evangelina entendió, así que bueno, gracias a Dios le sirvió, porque empezó todo un tratamiento y le acompañábamos a todas. Estar atentos a sus sesiones y la medicación, eso fue un poquito difícil al comienzo, pero con el correr de las semanas y los meses empezó a normalizar, hasta que le dieron el alta. Después de siete meses se dio su reaparición, que fue maravillosa, cuando volvió otra vez a estar en los escenarios y de ahí hasta el día de hoy.

-¿Qué comentarios recibiste de sus amigos?

-Los amigos que vinieron me hicieron sentir el agradecimiento de haber tenido esa iniciativa, porque el lugar era indicado, tenía lo que a Charly no le podía faltar nunca: todos los instrumentos habidos y por haber en un estudio que estaba abierto las veinticuatro horas para él. El estudio no trabajó más en ese periodo.

-¿Cómo fue el proceso de rehabilitación?

-Él necesitaba música y afecto. En un cincuenta por ciento fue el estudio su gran terapia, estaba a quince metros de la casa principal. Encendía todo y empezaba con los teclados a buscar sonidos, grababa y terminaba armando unas orquestas y unas bases increíbles. Después formaron parte de un disco y otras cosas quedaron ahí. Todo eso fueron largas conversaciones con él mismo. Hay que ir a los hechos, y si el resultado fue que hoy lo tenemos a Charly con salud, tocando, viajando y contento, ya está, gracias a Dios.

-Ahora tu hija Rosario trabaja con él, es su cantante.

-Sí, trabaja con él. Charly es muy estricto en eso, no hay hija de amigo que valga si no se ajusta a su exigencia musical. Rosario nació en Estados Unidos y estudió música desde muy chiquita, agarra una partitura y la lee perfectamente a primera vista, a Charly eso le gusta, y si él le escribe una melodía determinada como para que haga una segunda voz en un pasaje determinado, Rosario se la lee ahí, eso es lo que él quiere en el escenario. Ella es muy eficiente y se dio cuenta que la voz de Rosario no es una voz que lo moleste, no es una voz estridente, entonces dijo “esta es la voz que quiero que me acompañe”. Ya la incorporó, en los últimos discos todos los coros los hizo ella, las primeras y segundas voces, eso sucedió porque a Rosario le gusta su música, se dedicó, estudió y se preparó.

-¿Rosario te ha comentado anécdotas del trabajo con Charly?

-(Se ríe) sí, “mirá lo que hizo” me dice Rosario y me cuenta cosas. Yo me río. Si tienes un vaso o una copa en la mano y la golpeas, Charly te dice “La bemol”, te vas con la copa al piano, la golpeas y efectivamente es “la bemol”. Yo tengo oído, pero si no tengo la referencia no sé qué nota es. Él escucha un sonido y te dice “uy eso es un sol sostenido”. Tiene todas las bocinas de los autos tomados los tonos. Es una cosa increíble.

-¿Qué te motivó a ayudarlo?

-Siempre le tuve afecto, pienso que si uno puede, ¿por qué no proteger a la gente que admira o quiere? Además, ellos se dan cuenta, y uno no lo hace para que le devuelvan nada, pero ellos también son generosos en los afectos. Charly sabe que hay un pacto, no se firmó nada ni se explicitó nada a través de la palabra ni de nada, fue un pacto de afecto para toda la vida, un pacto de amistad, yo sé que si mañana me pasa algo, digo “Charly tiene que venir urgente”, Charly se toma el primer avión y va hacia donde yo esté. Eso lo sé, entonces, me parece que es bueno ir por la vida sabiendo que uno tiene dónde apoyarse en un momento determinado, ¿no?

-Migue García —hijo de Charly— no tuvo muy buenas palabras hacia tu gestión, tú respondiste “lo más maravilloso que pudo haber pasado no pasó, y era que el hijo se encargue de su padre en el momento que se tenía que encargar, hablar ahora es fácil”.

-Cuando vi la situación de Charly supe que el chico vivía en el mismo edificio, pero nunca nos conocimos. Si uno busca no hay motivo, esa es una cosa muy descolgada, muy rara, pero uno no se puede quedar en eso. Cuando intervine y dije “Charly te ofrezco esto, está a tu disposición el estudio, la casa, los asistentes terapéuticos a tu lado”, él dijo “sí, sí, sí, quiero ir”, fue él quien decidió. Todo lo lateral no tiene sentido, tenía sentido ponerle el hombro a un ser tan talentoso y querido como Charly. Gracias a Dios se pudo, lo otro es una cosa menor que no le aporta nada a la historia, yo me acostumbré desde muy temprano a darme cuenta que las cosas intrascendentes y que agravian, no sirven para nada. La vida pasa por otro lado, por construir. Si yo no aporto para tener buenos amigos, difícilmente los voy a tener. Yo tengo que crear el clima, la confianza, para que mis amigos me quieran como los quiero. Si no se da, no se da, con Charly se dio rápidamente. Sabemos los dos que hay una relación muy fuerte, de afecto real.

-Hiciste por Charly lo que tal vez nadie hizo por Amy Winehouse…

-Bueno yo no sé, tal vez, hay gente que por ahí no es que no lo hizo porque no quería, a veces la gente no puede. Que se dé la casualidad de tener todo lo necesario para ayudar a alguien es muy difícil.

-Los amigos de Charly te dieron las gracias, yo también te agradezco en nombre de los chilenos, por tu gesto tan humano y desinteresado.

-Sí, gracias a Dios. Le das un abrazo al pueblo chileno porque me han dado mucho más de lo que tal vez merecía. Fui muy joven a Chile con dos millones de sueños en mi cabeza. Me tomaba una “guagua” para ir hasta la Gran Avenida, Paradero 3. La mejor manera de conocer la idiosincrasia de un pueblo es cuando uno va en esas condiciones, no cuando va a un hotel cinco estrellas.

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