Hernán Rivera Letelier: “Fui a dar una vuelta por la Filsa y realmente da pena”

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“Todos los gobiernos democráticos han prometido quitar el IVA en los libros y ninguno ha cumplido. No les conviene, la cultura para ellos es la última de las prioridades”, dice el autor de “La Reina Isabel cantaba rancheras”.

 

En el marco del primer Festival de Autores FAS 2018 celebrado en el Centro Cultural GAM, El Dínamo conversó con el escritor chileno Hernán Rivera Letelier, que viajó desde Antofagasta a la capital para presentar la reedición de su Ópera Prima “La Reina Isabel Cantaba Rancheras” que por estos días cumple 25 años desde su lanzamiento.

-La gente te relaciona con el norte, sin embargo naciste en el sur, en Talca.

-Sí, pero te cuento: mis viejos se conocieron en el norte, se casaron, tuvieron hijos y mi madre que era de Talca, fue a ver a su familia embarazada. Y a mí se me ocurre ir a nacer allá, un día 11 de julio, pero se devolvieron cuando yo tenía uno o dos meses. Yo me crié en la pampa, vine a conocer Talca a los dieciocho años, cuando me puse a andar a dedo.

-Eras mochilero

-Cinco años. Recorrí Chile tres veces de punta a punta y algunos países del cono sur como Bolivia, Perú, Argentina, Ecuador. Hasta el 73, que tuve que volver a la pampa, a trabajar a la mina. Trabajé en las salitreras desde los quince años, a los dieciocho me revelé y me fui a andar a “La revolución de las flores”, el movimiento hippie.

-¿A qué se dedicaban tus padres?

-Mi papá era minero de las salitreras, un obrero de las calicheras en un campamento que se llamó Algorta. Era muy pequeño, tenía tres calles, cada calle era de tres cuadras. Por supuesto que había tierra y ningún un árbol. Yo conocí un árbol a los diez años, cuando fui a Antofagasta por primera vez. También conocí el mar, fue algo espectacular, iba andando en el camión por los cerros y de repente se ve el océano. Ver esa cantidad de agua fue como “ayúdame a mirar” y por primera vez vi una flor de verdad, las que yo veía estaban en el cementerio, eran de papel y lata. Nunca había visto una flor y vi una maravilla con una abeja dando vueltas, fue impresionante ese día, inolvidable, yo lo cuento en mi libro “Himno del Ángel Parado en una Pata”. Ese es mi libro más fotográfico. El campamento era muy pobre, me acuerdo cuando cumplí siete años y entré al colegio, una escuela muy humilde, tuve que sentarme en un cajón de manzanas porque los pupitres alcanzaban para la mitad no más. También descubrí el cine, había un biógrafo, pero como mis viejos eran evangélicos, no me dejaban ir, era una cosa del demonio.

-¿Por qué se fueron a Antofagasta?

-El campamento detuvo sus faenas y tuvimos que irnos todos el 59, cuando tenía diez años. Llegamos con mi familia a Antofagasta y a los quince días mi madre muere, la pica una araña de rincón, era una mujer joven de treinta y ocho años. Quedé huérfano, mi viejo entró a trabajar a otra mina de cobre y bajaba a verme los sábados.

-¿Y con quién vivías?

-Solo, en una casucha que hicimos atrás de una iglesia evangélica. Empecé a conocer el cine, me convertí en un cinéfilo empedernido. Vendía el diario en la mañana y en la tarde iba a la escuela. Tenía once años más o menos y me pasaba en el cine, hacía la cimarra, me metía al cine toda la tarde y salía a las doce de la noche. Eran tres películas que daban de corrido, las daban tres veces y yo veía las nueve veces que las proyectaban.

-¿Qué películas te gustaba ver?

-Las mexicanas, estaba enamorado de una actriz, Rosita Quintana, me robaba los fotogramas de la cartelera y los pegaba al lado de mi cama. El día sábado cuando bajaba el viejo, pescaba las fotos y las fondeaba. Yo la miraba en el telón del cine y era como amar un ángel. A los cuarenta y siete años tuve un romance con ella, fue extraordinario: fui a México a lanzar mi Novela “La Reina Isabel Cantaba Rancheras”. En Chile, “La Reina” sale el 94 y el año 96 publico “Himno del Ángel Parado en una Pata”. En ese libro cuento la historia que te voy a contar:

Voy en 1997 a México a lanzar mi novela, que se iba a publicar ahí al siguiente año. Fui por una semana y tenía programadas cuarenta entrevistas. Una de ellas era de un programa que se llamaba “Llamas en la Radio”. Estábamos haciendo la entrevista, hablando de la “Reina Isabel” y no sé por qué, empecé a hablar de mi próximo libro “El Himno del Ángel” donde contaba que cuando niño me enamoré de una actriz de México, que me robaba las fotos de las carteleras, que estaba enamorado hasta los huesitos de las piernas infinitas que tenía y que cantaba como las diosas, que era el gran amor de mi infancia. Empieza a sonar el teléfono y a llegar fax a la radio, de gente que decía “el escritor chileno no se puede ir sin conocer a Rosita Quintana”. Yo pensaba que estaba muerta, y los fax diciendo donde podía encontrarla. El programa adquirió una dinámica increíble, el estudio se había llenado de gente. De pronto, le escriben algo en un papel a la señora Llamas, ella lo toma, me mira y dice: “tenemos en el teléfono a Rosita Quintana”.

-¿Cómo reaccionaste?

-El corazón se me salía, esto estaba pasando al aire, la señora Llamas dice “las cosas del azar, en un país de veinte millones de habitantes se viene a encontrar con el amor de su vida” y se escucha la voz de Rosita:

–“Esto no es coincidencia, yo creo en el destino. Hoy día a las cinco de la tarde tenía un ensayo y me devolví a mi casa. Como nunca, encendí la radio y escuché un rato, no me animé a llamar en el momento porque quería oír. Llamé por como él estaba hablando”

–”¿Eres signo cáncer?”, me preguntó.

–”Sí, soy cáncer”.

–”¿Usted Hernán es del mes de julio?”.

–”Si, soy de julio” le contesté.

–”Soy cáncer y del mes de julio, estamos hechos el uno para el otro”.

El último día que estuve allá, me llama y me dice “te invito, quiero conversar contigo, hay un restaurante en tal parte”. Le contesté que me iba a poner una flor en el ojal para que me reconociera, pero me dijo que ya me había visto en la tele.

-¿Se juntaron?

-Me pongo los blue jeans más nuevos, la chaqueta de cuero, tomo el taxi y me voy a encontrar con el amor de mi infancia. En mitad de camino me entra el pánico, empiezo a sacar cuentas, yo tenía doce años cuando me enamoré de esta mujer y ella en la pantalla aparentaba treinta y ocho años, las películas ya eran antiguas en ese entonces. Me voy a encontrar con una abuelita decrépita dije yo, pero ya iba, así que “a lo hecho pecho”. Llego al restaurant, era elegantísimo. A penas paso la puerta, en un ventanal, con un traje de dos piezas color manzana, un pañuelo de seda al cuello y gafas ahumadas, me quedó mirando y sonriendo igual como me sonreía en la pantalla cuando era niño. Se veía más joven que yo, cirugías estéticas mediante, no sé cuantas, pero se veía jovensísima, preciosa. Fue realmente memorable ese encuentro con Rosita Quintana, y mira como son las cosas, yo iba a presentar “La Reina Isabel” pero cuando estaba haciendo la maleta para irme a México, no sé por qué tomé “Un Himno del Ángel” y lo llevé. Finalmente el libro era para ella, se lo terminé regalando y firmando, estaba emocionadísima. Casi al final del almuerzo me queda mirando coquetamente y dice: “te invito a comernos el postre a otro lado”. Salimos en un auto ministerial, ella lo manejaba. Se fue cantándome canciones al oido y me abrazaba. Llegamos al lugar donde nos íbamos a comer el postre. Aquí tengo que hacer un paréntesis, el año 2001 el Gobierno de Francia me declaró “Caballero en la Orden de las Artes y las Letras”, tengo un diploma que lo acredita, y como los caballeros tienen mala memoria hasta acá llega el cuento.

-¿Cómo llegas a tus temas?

-No llego a mis temas, mis temas me buscan y me encuentran. Soy un tipo que no escribe lo que quiere, escribo lo que puedo. Hay dos clases de escritores: los que escriben lo que quieren y los que escriben lo que pueden, yo soy de los segundos.

-¿Y qué es lo que has podido escribir?

La historia de la pampa, la historia de mis compañeros de trabajo, la historia de mi viejo que murió de silicosis, por ahí una trilogía de novelas policiales.

-¿Cómo llegaste a escribirlas?

-Odio las novelas policiales, me las leí todas cuando era niño. Empecé por las de cowboy, luego de ciencia ficción con marcianos y todo eso. Un día, estaba en un café en Antofagasta y venía una amiga con una carpeta de los tribunales, con testimonios de un violador y tres víctimas. Conversando, hojeamos los testimonios que eran impresionantes y dije “aquí hay para hacer una novela, voy a hacer una novela como me gustaría a mí una policial”. Cuando iba por la mitad, se me ocurrió la idea de otra novela, y dije “voy a hacer dos”, “mejor voy a hacer una trilogía”. Pero me costó, en una novela policial todo tiene que encajar en todo, porque los lectores de las policiales buscan, y si adivinan quién es el criminal antes de, es una novela fracasada.

-¿Cómo fue tu vida en la pampa, en las salitreras María Elena o Pedro de Valdivia?

-Yo entré a trabajar a los quince años hasta los cuarenta y cinco, con una laguna de cinco años que fueron los años que me fui a andar a dedo. A los cuarenta y cuatro publiqué “La Reina Isabel Cantaba Rancheras”. El trabajo en la pampa era realmente duro, fui explotado, ganaba una miseria, el paisaje era de mierda, el clima era de mierda, pero si no hubiese vivido todo aquello, no estaría escribiendo lo que escribo.

-Te sirvió para tener una mayor capacidad de asombro ante lo nuevo.

-Claro que sí, pero el escritor y el artista en general, nace con una capacidad de curiosidad, de sorprenderse con cosas que los demás no. Mucha gente mira pero no ve. El pintor, el escritor, el actor, mira y ve cosas que los otros no, esa es la capacidad especial que tiene el artista. Cuando preguntan si el artista nace o se hace, soy un convencido que el artista nace con una sensibilidad, don o talento, pero se le tiene que descubrir, luego hay que cultivarlo, trabajarlo, porque el talento sin trabajo se pierde.

-Encontraste tu talento para escribir. ¿Cómo fue el proceso de dejar de trabajar en la mina y ser un escritor?

-Lo descubrí cuando fui a andar, ese viaje fue fundamental, iniciático. Si no hubiese ido esos cinco años, a lo mejor estaría trabajando en la mina todavía. En ese viaje descubrí que lo mío era escribir, pero desde niño el arte me atrajo: pintaba, hacía esculturas, cuando vendía el diario por las calles y me encontraba con alguna exposición de pintura o escultura, me olvidaba que estaba trabajando y me quedaba embobado mirando las obras. Cuando aprendí a leer a los siete años, había páginas que me fascinaron, las leía y releía, eran dos poemas, yo no sabía lo que era un poema, en mi casa eran evangélicos y no había libros, pero intuitivamente esas dos páginas me fascinaron. Ya estaba el germen, llevaba un poeta dentro que muestra que el artista nace para artista, puede nacer con una sensibilidad para pintar, para esculpir, para pintar, para cantar, pero se la tiene que descubrir. Yo la descubrí a los dieciocho años.

-¿Qué escribías al comienzo?

-Escribí poemas durante quince años y mi primer intento fue un poema que hice por hambre cuando estaba a dedo. Me acuerdo que estábamos botados con un hippie en aquel tiempo, durmiendo en una playa en Arica. Él se había robado una radio portátil ese día en una feria, estábamos en la noche escuchando música y de pronto empieza un programa donde los auditores podían recitar sus poemas. Se leían tres poemas por noche, y los días sábado se premiaban los tres mejores de la semana. Hasta ahí no hacía caso, estábamos fumándonos un pito, pero cuando empezaron a decir los premios puse atención: al tercer lugar le daban entradas para el cine, al segundo un libro a elección, y para el primer lugar, una cena para dos en el Hotel “El Morro”. Escuché la palabra “cena” y dije “yo puedo hacer este poema, me gano esa cena”. Nunca antes había hecho un poema, en la mochila llevaba un cuaderno que ocupaba como álbum donde pegaba postales de los pueblos, ciudades y lugares donde pasaba, tenía fotos de pololas y banderines. Saqué el cuaderno y me pongo a escribir un poema, inspirado en una morena, una polola que tuve. Hice un kilométrico poema de cuatro páginas sin corregir ni una puta palabra, de un suácate. Ahora corrijo cada línea, cada frase, cada párrafo, cada capítulo, más que un escritor, soy un corrector. Pero ese poema me salió sin corregir nada. Era un día martes, nos conseguimos un sobre el día miércoles, lo fuimos a dejar a la emisora, lo leyeron el día jueves acompañado de violines, con la voz engolada del tipo y Lucho me dice “se escucha bien ah, con que nos ganemos el segundo lugar, vendemos el libro y nos alcanza para una paila con huevos”. El día sábado escuchando la radio dicen “vamos a leer el tercer lugar”, no era el mío. Mi socio empezó a dudar, cuando dice “vamos a leer el segundo” empieza la música y la voz del locutor, tampoco era el mío. Mi socio me queda mirando y me dice “cagamos”. Le dije “hombre de poca fe ¿que no te invité a cenar? espera que el primero es mío”. Yo tenía la confianza absoluta de que iba a ganar el primer lugar. La misma convicción que tuve veinte años después cuando escribí “La Reina Isabel Cantaba Rancheras”. Me demoré cuatro años en hacerla, pero cuando la terminé y la mandé al Concurso Nacional de Santiago, dije “participe quien participe, gano” y gané. La misma convicción tuve aquella vez en la playa: “vamos a leer el primer lugar de esta semana, pero antes vamos a hablar un poco sobre el poema, porque es de los mejores que han llegado al programa”. Empieza a hablar de metáforas y cuestiones que yo no entendía, lo lee y era el mío. Eran las doce de la noche y nos tiramos con ropa al mar. Lo tragicómico fue al día siguiente, fuimos al hotel a cobrar la cena, un hotel elegantísimo, con mujeres de vestido largo, hombres de cuello y corbata, y a nosotros hippientos, no nos dejaban entrar. Tuvimos que llamar a la radio para que avisaran al hotel y dijeran que íbamos a cobrar el premio. Nos dejaron entrar pero nos sentaron atrás de una palmera. Llamamos al mozo y le pedimos más pan.

-¿Te acuerdas qué comiste?

-No, ni siquiera me acuerdo del poema. Se me traspapeló. Y cuantos poemas perdí, andaba a dedo, estuve cinco años, imagínate. Tenía cuadernos, papeles, llegábamos a un pueblo, esperábamos la salida de los liceanos que llegaban a la plaza y empezaba a vender mis poemas de amor.

-¿Cómo te iba con esos poemas?

-Espectacular, comíamos todo el día, nos sentábamos en la plaza e iban los escolares en busca de los hippies de ese tiempo, éramos de los primeros hippies en Chile, llegaban las niñas, se arremolinaban ahí y empezábamos a vender.

-¿Qué música te gusta?

-Todo tipo de música, me gusta la mexicana, algunas canciones de Los Beatles, de The Rolling Stones, de los cantantes de mi época: Leo Dan, Palito Ortega, Yaco Monti, Leonardo Favio, la música chilena anda por ahí con las novelas chilenas, estamos de los últimos, nos ganan los peruanos, los argentinos, los mexicanos, los brasileños, los colombianos, en música igual.

-Estás radicado en Antofagasta ¿has pensado moverte de ciudad?

-Jamás. Me han ofrecido irme a Madrid, a Santiago. Soy de los que piensa que uno es de donde está la gente que lo quiere. La Patria de uno es donde están sus seres amados. En Antofagasta y el norte está la gente que quiero y que me quiere. Me han dicho “¿por qué no te vas a Santiago, a Buenos Aires o a Madrid, con el éxito que tienes?”. El éxito lo tienen mis libros, la obra, yo puedo escribir esto en el culo del mundo, pero mi obra está en el mundo entero, me han traducido a veintidós idiomas, estoy en los cinco continentes. Lo importante es que la obra llegue ¿por qué tengo que ir yo? Si estuviera mal en Antofagasta ya me habría ido. A la Editorial le sale caro, me tiene que pagar el hotel, el avión, el auto al hotel, pero ¿y todo lo que le vendo? lo importante es la obra.

-¿Qué opinas del pirateo en la literatura?

-No sacamos nada con llevar presa a la señora que vende libros pirata en la calle, yo soy un convencido de que el pirata mayor, el que tiene la imprenta clandestina, es al que deberían llevar preso, pero ese huevón tiene santos en la corte, mueve no sé cuantos millones de pesos al año, los libros pirata se venden mucho. Mi teoría en cuanto a eso, es que la viejita que compra mi libro en la vereda a tres lucas, no se puede dar el lujo de entrar a una librería a comprarlo a doce, entonces, no pierdo un cliente, gano un lector.

-¿Qué piensas del IVA en los libros?

-Todos los gobiernos democráticos han prometido quitar el IVA en los libros y ninguno ha cumplido. No les conviene, la cultura para ellos es la última de las prioridades, no les importa simplemente.

-¿De qué se trata tu último libro “El hombre que miraba al cielo”?

-Es la historia de tres personajes que se juntan en Antofagasta, uno viene de Chiloé, otro de Temuco y la otra, que es mujer, viene de Santiago. El de Chiloé es un anciano que a medio día para en una esquina a mirar al cielo. Su sermón mudo es que la gente deje de mirar al celular, la gente se ha olvidado de mirar al cielo. El otro personaje es un joven que hace dibujos en el pavimento con tiza. La niña es una saltimbanqui, trabaja en los semáforos. Ellos dos son casi pololos, se hacen amigos del viejo, se enteran de que él va a San Pedro de Atacama, está enfermo y quiere morir allá, ya que le cuentan que los cielos en San Pedro son los más diáfanos del planeta. Los jóvenes lo acompañan, para ellos es su primer viaje y para el viejo el último. Hay una vuelta de tuerca en esta historia, esa es la sinopsis.

-Las editoriales más importantes desistieron de participar en la Filsa 2018. ¿Qué te parece?

No estoy enterado 100% de lo que pasó, pero en el fondo la pelea es por el vil billete que está de por medio en todas las discusiones en este mundo. Ahora, la que pierde es la gente, los lectores. La semana pasada estuve en Santiago por motivos personales, fui a dar una vuelta por la Filsa y realmente da pena. Los años pasados no se podía andar de tanta gente, se llenaba, ahora para nada. Conversé con varios vendedores de libros y las ventas les habían bajado un cuarenta por ciento. Ahora aquí en el GAM está todo bonito, con las autoridades y todo, pero para mí que tampoco han vendido lo que venden en la feria. Presiento que la próxima vez que se junten se tienen que dar cuenta de que se necesitan, son como dos amantes, se pelean pero saben que se necesitan. Es otra cosa cuando están los escritores ahí, los Best Seller, que la gente converse con ellos, eso es lo atractivo, si no, me voy a comprar un libro a una librería y punto, pero ir a una feria es para ir a conversar con el autor. En el Gam estuve firmando libros, presentando “La Reina Isabel”, se hizo una reedición ya que se cumplieron veinticinco años desde su lanzamiento.

-¿Trabajas en algo nuevo?

-Siempre estoy escribiendo, tengo una novela lista para publicar el próximo año y estoy trabajando en una crónica, pienso publicarla el 2020. Se va a llamar “Crónicas de una Reina” entre paréntesis abajito diría “donde se cuentan las peripecias que viví para llegar a La Reina Isabel”. Estoy contando cosas que nunca he contado, algunas las he puesto en novelas, pero hay historias inverosímiles, son tan mágicas que cuesta creerlo, y las estoy contando en esta crónica, que nació como un prólogo para esta edición en especial: me habían pedido cinco páginas, pero me entusiasmé y cuando iba en la página treinta, llamé a la editorial y les dije que buscaran a otro que escribiera el prólogo, que esto va para libro. El prólogo que aparece en “La Reina Isabel” nueva, es de Pato Jara.

-¿Tienes algún momento especial para escribir?

-Ni momento específico ni horario. Puedo escribir en la mañana, en la tarde o en la noche. Cuando estoy haciendo una novela escribo a la hora que quiero, ni siquiera espero la inspiración. La inspiración es al principio, después viene la transpiración. Escribo todos los días y tengo dos records: un día escribí catorce horas continuas, me llevaron desayuno, almuerzo y once. Y está el anti record: un día me levanté, tomé un café, en la tarde dormí siesta, escuche música, vi películas, llamé a unos amigos. Cuando llegó la noche me fui a acostar y no había pelado ni una papa, me levanté, fui al computador, abrí la novela, busqué el párrafo, la línea, puse la coma y me fui a acostar.

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