Grandes pastelazos de los padres: mi polera regalona

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Nadie es perfecto. Ni siquiera los padres como alguna vez solíamos pensar. En mi caso todo anduvo bien hasta que llegué a la adolescencia… recuerdo un hito que marcó mi vida, que ahora puede sonar hasta chistoso, pero que en su momento fue trágico a morir: yo era súper fan de Guns ‘n Roses cuando chica (y asumo que hasta ahora me gustan) de hecho fue el primer recital que fui en mi vida, a los 12 años, a un Estadio Nacional con 62 mil personas. Bueno, como buena fan, tenía mi polera regalona de los Guns, nada de otro mundo por cierto, era la versión barata que vendían en los puestos tipo carrito de Irarrázabal, y que además todos los flaites de la época ocupaban. Era blanca con los GN’R en alto contraste negro. Bueh, era mi polera de los guns, y yo la amaba.

Un día llegué del colegio y esta es la escena que vi: la puerta abierta de la cocina, y cual Caupolicán en la pica, mi polera estaba insertada en una escoba que descansaba en la pared, con un hoyo al medio y llena de cera roja como si fuera sangre. Mi polera había muerto, de la peor manera y mi madre era la asesina. Me dio tragedia griega, no me acuerdo mucho de lo que vino después, sólo recuerdo el argumento de mi mamá: “estaba súper vieja, Johanna”.

En fin… creo que esa vez nos agarramos del moño y seguro mi mamá se habrá pegado la cachá de que la embarró, y bueno, como hija mayor me tuve que mamar su aprendizaje, ya que a mis hermanos, obvio, jamás les asesinó ninguna polera regalona.

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