El exquisito arte de comprar entradas para un concierto

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No sé si a ustedes les pasa, pero para mí, el acto de ir en busca de la entrada para un concierto es una de las compras más placenteras y emocionantes que se pueden hacer.

Este simple hecho (de transacción al fin y al cabo) reúne una serie de elementos que hacen adrenalínico el momento previo a tener aquella entrada en la mano, y después que te la entregan se convierte en una mezcla de sensaciones: tranquilidad (ya vas al recital, es un hecho) felicidad (al menos esbozas una sonrisa, no lo niegues) y si bien son caras, se siente algo así como que fue “plata bien gastada”.

Aquel trozo insignificante de papel, sin ningún tipo de diseño en particular, te garantiza un montón de momentos únicos que conservarás en tu memoria, durante el resto de tus días, y que desde luego te dará tema de conversación en distintas oportunidades.

Además, este ticket, así de feo y fome te invita a conservarlo indiscutiblemente, ya que es la prueba fehaciente de que estuviste ahí, viviendo el momento, cantando y vibrando a todo pulmón junto al artista o la banda que te gusta junto a miles de personas que comparten lo mismo que tú… lindo no?

Seguramente esto no le sucede a todo el mundo, porque primero hay que ser amante de la música para sentirlo, aunque quizá es la misma sensación que siente el viajero cuando compra pasajes, cuando el amante de la buena mesa reserva en un buen restaurant, o cuando el fan de una película compra las entradas para su estreno.

El fin puede ser distinto, pero es el medio, el ticket el que te garantiza: todo está por venir.

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