Andar en micro en los 90 (en Santiago)

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Andar en micro en los 90, en los 80, en los 30 o el 2015, ha sido siempre una “experiencia religiosa”. No hay nada que decir, por mucho que los gobiernos hayan querido mejorar el sistema (ok, ha mejorado, pero deja tanto que desear aún!) en los 90 el sistema de locomoción público era bastante paupérrimo.

En esa época tuvimos 2 etapas, las micros de colores y las micros amarillas.

Las primeras, de colores, eran viejas y de tamaños bastante reducidos,  heredadas de los años 70 y 80, contaminantes a morir, con nombres como “Pila Ñuñoa”, “Nuevo Amanecer”,  “Ovalle Negrete” o “Portugal El Salto”, que correspondían en su mayoría a los puntos de partida y llegada de los recorridos.

Estas micros iban repletas, explotando de gente, era muy común que las personas se fueran colgando en las pisaderas de atrás y adelante, sin importar que fueran hombres, mujeres, ancianos o escolares. Era la era del ” todo vale” para movilizarse por la ciudad.

El chofer las hace todas

El cobro era realizado por el chofer, quien recibía la plata, daba los vueltos y cortaba el boleto, que se diferenciaba entre escolares y adultos. Esto era posible gracias al “Pase Escolar” que era plástico, escrito a mano, con una foto real incorporada en el documento plastificado a mano. En ésta época, los choferes de micros eran blanco de asaltos a mano armada, que terminaron muchas veces con riñas, muertes, micros quemadas e historias sangrientas como centro de la noticia.

Me puede pagar ¿por favor?

En ésta era, se usaba mucho el ” pago mano a mano” que consistía en que las personas que se subían por la parte de atrás de la micro, enviaban sus monedas justas o incluso billetes para pagar su pasaje, el que era entregado a un pasajero, luego a otro hasta llegar al chofer, quien bajo la misma lógica enviaba el boleto y el vuelto hasta el pasajero.

Los paraderos

Eran prácticamente todas las esquinas, no existía esa regla estricta que actualmente prohíbe a los choferes santiaguinos parar en un lugar que no esté estipulado.

Había paraderos, claro, con sus techos y asientos respectivos, pero eso no era una limitante para hacer parar una micro en la esquina del lugar donde fueras. Si, era más desordenado…. Pero como se extraña el tener la posibilidad de que te dejen cerca de tu destino!. Las micros amarillas En los 90 fuimos testigos de un pre “Transantiago”. Esto fue gracias a la llegada de las micros amarillas a la Capital, que cambiaron para siempre el look de la ciudad y se llevaron aquellos poéticos nombres de sus antecesoras para llenar de 212, 417, 356 y decenas de combinaciones numéricas según los recorridos.

Los sapos

Uno de los personajes mas recordados de esta era, son “Los sapos de las micros”, que tenían por objetivo medir los tiempos entre los recorridos y guiar al chofer sobre su posición entre sus otros compañeros. Los gestos y números que le gritaban los sapos al chofer eran una escena común, todos recordamos las jergas y números que eran proporcionados por este tipo que trabajaba solo, que cuando subía brevemente,  tiraba una talla al conductor y se bajaba desde la micro andando hacia su lugar de trabajo que era el paradero.

Tío, me lleva por $100?

Otra de las características de andar en micro en los 90, es la que muchos (me incluyo) usamos para movilizarnos de un lado a otro por la módica suma.  A pesar de que te llevaban, casi nunca era de buena gana.

El hombre de la mano gigante:

Seguramente muchos lo vieron. Se trataba de un hombre que circulaba entre micros generalmente de Alameda, pidiendo plata a los pasajeros de las micros para operar un problema que saltaba a la vista: su mano con elefantiasis. Luego de hablar y de mostrar su problema, se paseaba asiento por asiento pidiendo la colaboración, poniendo para recibir los aportes justamente su mano enferma. Era realmente un clásico de las micros noventeras.

Los números artísticos:

Había de todo, desde promesas del espectáculo, hasta los números más decadentes que podías imaginar. Todo era posible y todos tenían el mismo derecho de expresión, ganando más o menos monedas según lo que provocaran entre los pasajeros. Abundaban los cantantes a capella, que de cantantes tenían muy poco, o los payasos que hacían números con partes de WC, sopapos, y tiraban tallas a la gente como si este número fuera un asalto encubierto.

Con la llegada del Transantiago, una era de artistas sobre ruedas quedó sin espacio para mostrar sus números, ya que el nuevo sistema de transporte incorporó un sistema de “casting” por llamarlo de alguna manera, para permitir que los artistas de trayectoria y calidad pudieran trabajar en la locomoción pública, otorgándoles para esto una credencial. De todas maneras con el tiempo este sistema se disolvió, pues hoy en día se sube de todo a tocar, hacer humor o vender a los buses de transporte  público.

Los productos que se comían en la micro:

Inolvidables son los cánticos para los helados Chocolito Panda, Choco Fruna, Chirimoya Alegre, de leche o de agua, pa `la sé y la calor. En invierno la oferta se volcaba al calugón Pelayo, chocolate Nikolo o Sahne Nuss en versión ultra mega imitación.

Sin duda los tiempos han cambiado, sin embargo hay un ambiente “micrero” que sigue olfateándose aún con el paso de los años. Las máquinas cambiaron, los niños crecimos y los adultos envejecieron. La ley de la vida, las micros y sus historias también tienen su propia evolución.

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