ADIÓS, MI QUERIDO GUSTAVO ▂▇▅▃▄▅▇▃▇█▅▂

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El 4 de septiembre del 2014, estaba en el centro, acompañando a una

amiga a hacer un trámite en una compañía telefónica. La noticia me llegó a

través de Whatsapp, alguien me preguntó si era verdad que Gustavo Cerati había

muerto. Sin saber que era cierto respondí que no, que era falso, esa

información había circulado muchas veces antes y creí que era “fake” otra vez.

 

Minutos más tarde lo confirmé, pero no reaccioné. Me quedé como si nada,

impávida e incrédula mientras mi amiga avanzaba en la fila. Luego nos fuimos a

almorzar a un restaurante de especialidad alemana que hay en Tobalaba, y mientras esperábamos nuestro pedido, se acercó de improviso un amigo que no veía

hace mucho, que dijo al saludarme: “¡Me acordé de ti! te iba a mandar un

mensaje…”

 

En general, los demás siempre me han relacionado con dos músicos:

Gustavo Cerati y Mike Patton, por lo que rápidamente comencé a recibir

Whatsapp, mensajes de Facebook y hasta un par de llamadas telefónicas para

comentar conmigo lo que había pasado, incluso para darme el pésame.

A medida que el día avanzaba y hablaba con más gente, sentí que su

muerte conectaba con emociones y recuerdos de generaciones completas. Lo de

Gustavo era un golpe directo al corazón para quienes sentimos que su música era

parte importante de nuestras vidas, regalándole acordes, coros y estribillos a diferentes momentos de

nuestra vida.

Pero fue días después que me detuve a pensar en el trasfondo de su

partida, cuando al ver la dolorosa escena del ataúd por la TV, supe que algo en

mi interior y en el de mi generación, también se había ido.

Recordé que en los ochenta, mientras jugaba con bichos, ramas y piedras

en el patio de la casa, desde el interior se escuchaba la radio prendida, que

reventaba sus parlantes con “De Música Ligera” o que “Persiana Americana”

sonaba en la radio del taxi mientras íbamos al super con mi mamá. Recordé

también que escuché “Mi novia tiene biceps” de fondo en más de una reunión

familiar y que cuando me regalaron el anhelado primer personal estéreo -y por

fin pude elegir la emisora radial que quería escuchar- sintonicé una radio que

los tocaba.

 

Soda Stereo estaba definitivamente presente en aquellos borrosos

recuerdos de los primeros años de vida. Era cosa de cerrar los ojos y viajar

mentalmente a esa época, deambular por la casa de infancia, sentir el olor al

piso encerado, ponerse en puntas de pie para ver lo que hay sobre el mesón de

la cocina, y escuchar de fondo “Cuando Pase El Temblor”, mientras esa enorme

mamá con alpargatas y pantalones “nevados”, sirve la sopa con un cucharón

enlozado.

 

Ya en los 90s, junto a la primera etapa de juventud, llegaron las

fiestas, los bailes rápidos, con pasos de rock n roll y divertidas

coreografías, pero también llegaron los lentos, fundamentales para el comienzo

de muchos romances de esa época. “Trátame Suavemente” y “Un millón de años

luz”, eran clásicos infaltables que marcaron de una u otra forma a muchos de

nosotros, que nos pasamos la adolescencia dedicando y recibiendo esas canciones

en un torbellino de emociones propias de la edad.

 

Soda Stereo, con la aterciopelada voz de Cerati, está instalado en la

memoria emotiva de muchos de nosotros, presente en grandes y pequeños momentos

de nuestra incipiente vida amorosa, acompañó en imborrables instantes con

amigos que dejaríamos de ver, porque dejaron este mundo, o porque simplemente

nuestros caminos se separaron. Los amigos que permanecieron fueron con los que

hicimos causa común el día de su muerte, con ellos fueron las conversaciones y

recuerdos atesorados que afloraron con su partida.

 

Ese fin de semana, a dos días de su muerte, me junté con una amiga de la preadolescencia, con la que viví

muchas historias de las que hablé unas líneas más arriba. A propósito de la

muerte de Cerati quedamos de juntarnos, y llegó ese sábado a mi casa con un

pack de cervezas. Yo la esperé con el soundtrack listo para hacer nuestra

pequeña catarsis.

Cuando abrimos las primeras latas, sin decir una sola palabra, se nos

cayeron las lágrimas simultáneamente. Hicimos un brindis por él y lloramos sin

timidez, porque en el fondo llorábamos también por nosotras: con su muerte

también moría una parte de nuestra juventud.

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